Te atréves a abrir la boca y comer de otra mesa, cuando en la mía hay mucho más que sólo yo, sentada, con un cofre infinito de placeres y delicias, y una madre que podría amar tu carne.
Un par de zapatos, llenos de polvo, pero intactos. Tú, nunca los usas.
Comenzando por no leer las instrucciones.
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